He dejado mi primer trabajo como profesora

Nunca pensé que llegaría a decir esto: he dejado mi primer trabajo como profesora en un IES.

He conocido a unos chavales estupendos. Pero he tenido que trabajar con ellos de un modo que no me gusta, he aprendido lo que no quiero volver a hacer nunca más y lo que todavía hoy en España se sigue haciendo: trabajar por contenidos.

He trabajado en un centro que prohíbe a los profesores beber agua en sus clases, “porque los alumnos tampoco pueden beber ni comer”, con tal de no tener que dar explicaciones a padres y a alumnos, y la jefa de estudios lo defendía como si fuera justo. Como si un docente al que le duele la garganta no tuviera el derecho de beber agua en el aula. Y también he conocido a profesores muy majos que se pasaban ciertas normas por el forro con tal de poder hacer su trabajo.

He intentado acatar sus normas, y seguir sus indicaciones, pero no lo he podido hacer con agrado.

No, no me gusta tener una planificación de contenidos: prefiero una programación de objetivos.

No, no me gusta evaluar a alumnos de secundaria sólo por el examen. Quiero evaluar PROCEDIMIENTOS Y ACTITUDES, quiero evaluar libretas, quiero evaluar el trabajo diario, quiero que el que trabaje lo tenga más fácil para aprobar, quiero que sienta valorado su esfuerzo… y quiero motivar a mis alumnos.

No, no quiero tener que hacer lo que haga otro profesor, quien por cierto no quiere hacer actividades divertidas para los alumnos porque no le gusta tener que trabajar de más.

Los alumnos tienen derecho a saber cómo funciona el centro.

No, no me gusta que la jefa de estudios me diga cómo debo tratar a mis alumnos, que no debo darles tanta confianza. La confianza que puedo darles o dejarles de dar es cosa mía. Esto ya ha sido el colmo.

Los alumnos tienen derecho a que sus profesores se preocupen por la enseñanza; a que los profesores no avancen temario sin cumplir objetivos (¡¡y a que existan dichos objetivos!!); a que los profesores busquen la mejor manera de enseñarles; a que los profesores les motiven; a que los profesores les den confianza para preguntar cualquier cosa que les inquiete.

Los profesores tenemos derecho a cuidar nuestra voz durante las clases (es nuestra herramienta de trabajo, y más aún en este centro donde -muy a mi pesar- el docente es el protagonista); a pensar en qué manera queremos dar nuestras clases; a decidir el modo de tratar a los alumnos y el grado de confianza que depositamos en ellos. Me podían quitar el cuidado de mi voz y la elección de las actividades que llevara a cabo en mis clases, pero no esto último: qué digo y cómo lo digo a mis alumnos, esto sí que es cosa mía. Ha sido la gota que ha colmado el vaso: para ser como ellos quieren que sea, no me merece la pena ser docente.

¡¡Qué ganas tengo de que me llamen de la pública!! Allí encontraré otros obstáculos, otras carencias, otros chavales, otros compañeros, otros ambientes… lo que es seguro es que, por ley, los profesores deciden qué hacer y cómo hacer en sus clases: por esta responsabilidad se nos paga. Puntuaré los procedimientos y las actitudes, valoraré el trabajo diario de mis alumnos, y nadie me dirá que no le de tanta confianza a mis alumnos.

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